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Reflexión Pastoral

Publicado el: jueves, 1 de junio de 2017 a las 9:36 am

Reflexión No. 12: “Cuando veo tu rostro”

Texto bíblico clave:

“No escondas de mi tu rostro en el día de mi angustia; inclina hacia mí tu oído; el día que te invoco, respóndeme pronto” (Sal. 102: 2).

 ¿Cuántas veces, de niño, vi tu rostro en aquel viejo cuadro de la abuela?
¿Cuántas veces quedé ensimismado viendo tus ojos finamente trazados?
¿Cuántas veces cuando caminaba alrededor de aquella pintura sentía que me mirabas fijamente?
¿Cuántas veces quise imitar con mis acuarelas el trazo del pincel de aquel artista?
¿Cuántas veces pensé que me escuchabas cuando sigilosamente te decía “Jesús me oyes”?
¿Cuántas veces el fuerte viento de La Cuesta te tumbó al suelo, y muy aprisa, solía colocarte en la pared?

Un día, en la adolescencia, descubrí que te habían bajado del lugar que tanto tiempo ocupaste. Fue aquella señora que le dijo a mi madre “baja eso de ahí”; “eso no le agrada a Dios.” No te volví a ver. Tampoco entendí lo que aquella señora dijo. Pero qué puede entender un niño de los fanatismos, creencias y prejuicios religiosos de los adultos. Muchos, repiten lo que aquella señora dijo. Y sólo ven y comprenden en blanco y negro.

Mi pasión por el arte, el dibujo y la pintura me hicieron redescubrirte en los libros de aquella vieja biblioteca donde mi madre solía llevarme. Allí, entre los once y doce años, leí con apetencia toda la historia del arte puertorriqueño. Me topé con Campeche, Oller, Tufiño, y otros tantos que se convirtieron en objetos de mi atención. Sin contar mi extraña afición por la obra de Miguel Pou.

Y siempre, entre las páginas de aquellos libros me encontré con tu rostro, con tu figura tal como El Greco te representa abrazado a la cruz.

Ver tu rostro en un cuadro, admirar y descubrir la representación pictórica y estética de tu sufrimiento en el trazo del pincel de un artista es más bien re-encontrarse con la realidad del símbolo que representa ese misterio llamado Dios. Aunque debo decir, muchas pinturas son una homilía por el mensaje vivo que transmiten.

Años después, quién diría que tú y yo estaríamos en un cuarto de cuidado intensivo. Tú dolido, pero con rostro firme. Yo desvalido y acongojante por el cincel de aquel cirujano cuyas manos fueron guiadas por tu celestial pericia. Allí, sólo y frente a la incertidumbre de mí futuro.

Mirarte en aquella cruz con tus brazos extendidos me hizo recordar lo que sufriste por mí. ¡Que alivio, que esperanza!

Cómo no encontrarme con el Cristo de la cruz en aquel símbolo. Como en la niñez, sentía que me observabas y hasta me escuchabas. Por ello –me alegro del arte, del símbolo, de la espiritualidad que nos conecta con Dios y es capaz de superar todo prejuicio religioso. A Dios gracias por el estudio que libera y no desdeña el pensamiento.

Porque cuando le hablaba a aquel Cristo de la cruz; le hablaba al que estaba presente en mi sufrimiento en aquel cuarto. Al Dios invisible que aceptamos por fe. Al Cristo que todos sabemos claramente no le contiene la materia ni el espacio. Fue allí en aquella experiencia que mi ser interior se elevó y me encontré con el Cristo que quería intimar conmigo. Aún en el dolor.

Rostro doliente, ensangrentado, mutilado por los golpes y las espinas…gracias por recordarme la necesidad de verte, de imaginarte, de traerte a mi memoria.

Por ello, cuando hoy regreso al desierto como muchos otros que sufren diversidad de crisis, no olvidemos que en el dolor “cerrar los ojos y ver (imaginar) a Jesús; es dar espacio a lo espiritual para que lo racional mengüe”.

No importa cómo Cristo sea representado históricamente por la Iglesia; ya sea desde una obra de arte, un hermoso vitral, el siginifcado teológico de una cruz vacía o ubicado en ella representando lo que allí sufrió –el Cristo de los evangelios es para todos.

Tomado del libro inédito del Dr. Pablo E. Rojas Banuchi:

“Cuando pasas por el desierto: cómo enfrentar las crisis desde el camino de la fe.

Reflexiones teológicas y espirituales” ©

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Oficina de Capellanía Universitaria